
Nuevo Santo Domingo
Una ciudad que no perdona la ingenuidad y cobra cada silencio. Entre encuentros secretos y rutinas que se quiebran, el deseo amenaza con cambiarlo todo.
Leer un fragmento gratis
Nuevo Santo Domingo · Fragmento de «Lunes»
A las 12 todo arde
El lunes comenzó como cualquier otro. Él despertó a la misma hora de siempre, se duchó, se vistió con su camisa blanca y su reloj reluciente, se preparó un café amargo y revisó el calendario laboral en su celular. Nada nuevo, nada distinto, hasta que vibró el teléfono. Un mensaje, corto. Preciso, como todo lo que venía de ella.
“Hola, quiero verte.”
Él no tardó en responder, tampoco se lo pensó demasiado. Había esperado ese mensaje desde la noche anterior, incluso antes de que ella decidiera enviarlo. Sabía que llegaría, siempre llegaba. Porque los lunes no eran realmente lunes sin ella.
“¿A qué hora?”
“Paso por ti a las 12:00 p. m. y comemos.”
El resto de la mañana transcurrió entre reuniones que no escuchó, correos que respondió sin leer y pendientes que dejó a medio hacer. El reloj avanzaba, pero en su mente solo existía la imagen del auto estacionándose en la esquina, la puerta que se abría y el perfume que anunciaba que el lunes volvía a tener sentido.
Cinco minutos antes del mediodía, cerró la computadora, se acomodó la camisa frente al espejo del baño y salió. No dijo adiós. No lo necesitaba. Cruzó la puerta como quien se escapa de algo que no sabe nombrar. En la esquina, ella lo esperaba, como siempre, con las gafas y esa sonrisa que no prometía nada, pero entregaba todo.
—Hola —dijo ella, apenas bajando el volumen de la música—. ¿Listo?
—Siempre.
El trayecto fue breve. No había conversación, solo las manos de ella sobre el volante, los dedos largos, las uñas cortas, el anillo inexistente. Él miraba por la ventana fingiendo indiferencia, pero conocía cada curva de su muñeca como si fuera parte del camino.
El restaurante no estaba lejos. Era el mismo de siempre, el mismo donde nadie los conocía y nadie preguntaba. Una costumbre que se había vuelto ritual: la mesa del fondo, junto a la ventana, las sillas enfrentadas, la distancia exacta para rozarse los dedos sin ser vistos.
El restaurante estaba casi vacío a esa hora. Un lunes cualquiera, la hora del almuerzo, cuando las oficinas tenían a todos los empleados envueltos en la rutina y la ciudad bostezaba a medias. Dos hombres de traje discutían sobre números que no querían cuadrar, una mujer sola miraba su celular con desgano y, en la esquina, la pareja que la camarera había aprendido a reconocer como “los del lunes”.
Ellos no sabían que eran observados. No sabían que las historias que se inventan quienes trabajan cara al público son, a veces, más certeras que las que viven los protagonistas. La camarera, con su delantal ajustado y su cansancio disimulado bajo la sonrisa de turno, les había puesto nombre desde el primer día: él, el esposo infiel; ella, la amante resignada a esperar lo que nunca llegará. Los había visto llegar, sentarse, tocarse apenas las manos por debajo del mantel. Había adivinado las ausencias, las excusas, las promesas nunca dichas. Porque había servido demasiados cafés a demasiados hombres que miraban igual.
La historia continúa en el libro completo.
Quiero seguir leyendo